domingo, 6 de abril de 2008

El taxista

Hace unos días estuve en Lanzarote. De camino para coger nuestro avión que nos llevaba de regreso a la península, tomamos un taxi a la puerta del hotel. Amanecía y las nubes que atravesaban el cielo no presagiaban nada bueno. Apenas sin dormir, tenía unas décimas de fiebre y todo un día por delante de viaje. Las nubes estaban en lo cierto. El desastre era cuestión de tiempo.
Un taxista de unos cincuenta años cogió nuestras maletas con disciplina marcial y nos pusimos en camino. Una canción desencadenó la conversación con el taxista. Era un tipo callado y la vez locuaz dentro de su lentitud verbal. Un tipo que si hubiese sido pistolero en el lejano oeste no hubiese llegado a cumplir los veinte. Todas sus palabras estaban calculadas. Sabía algo que los demás desconocíamos. Era un amante de la música de los ochenta y noventa, y en particular de Annie Lennox. Era el taxista más triste del mundo, pero quizás el más interesante. Aferrado a su volante negro atravesábamos el amanecer entre la lava muerta que asfixiaba la isla.
Llegábamos al aeropuerto y yo estaba seguro que el no iba a compartir el secreto conmigo, al menos en esa mañana. El tiempo se agotaba. Una última curva y asomaba la Terminal 1. Son doce con veinticinco euros. Aquí tiene el cambio caballero. Que tengan buen viaje. Sin más. Estuve cerca del secreto. Pasó muy cerca su sabiduría. El hermético secreto en su voz diminuta.
Hubiese necesitado una sola noche de cervezas con el poeta silencioso de la carretera. Me hubiese contado todo lo que sabía: punto por punto, lágrima por lágrima, sueño por sueño. Yo, por supuesto, delante de vosotros y de la policía lo negaría todo…

3 comentarios:

Beatriz dijo...

Querido y pequeño poeta!

Me encanta la idea del blog, pero guardate algún poema para recitarme al oído.

Un beso enorme,
Bea.

Raquel dijo...

que bueno ser poeta y poder percatarse de detalles, como del secreto del poeta de la carretera, en momentos tan efímeros como en el trayecto hacia ninguna parte... qué malo estar tan beoda que no poder ni darse cuenta de lo que se posa frente a tus propias narices... Gracias por ayudarme a recordar esa parte de nuesto grandioso viaje a esa isla sin fin...

muuuuuuua!! de la mujer de pies perfectos... juas....juas...

La cónica dijo...

Compartió contigo su secreto. (Pero no lo reveló, claro)

Las nubes tenían razón... y son hermosas las nubes, por lo que ocultan y por lo que presagian, por voluptuosas, por caprichosas y sencillas. Por libres.